DECEPCIÓN
La tensión llegaba a su punto clímax. Desde muy temprano el bufete del Dr. Carlos Araujo estaba abarrotado de periodistas de diversas agencias nacionales y extranjeras atrás de una entrevista con el notable letrado que estaba defendiendo uno de los más controvertidos procesos de la historia del derecho penal. El hecho había trascendido el marco nacional y en las primeras páginas de los diarios de diversos países aparecían titulares alusivos. La secretaria, una solterona inconforme de malas pulgas, no encontraba argumentos para deshacerse de los reporteros que insistentemente la acosaban con preguntas. Ella había recibido órdenes de su jefe para no ofrecer ninguna información antes de la rueda de prensa que había previsto como parte de un proyecto más amplio de publicidad. Estaba consciente que además de sus conocimientos leguleyos, la propaganda era un factor decisivo para el triunfo dentro de su profesión. Uniendo este factor a sus méritos profesionales había consolidado una sólida posición en el mundo del derecho que le reportaba sustanciosos lucros. Ella ya estaba a punto del exabrupto cuando apareció en el lujoso local la joven y elegante Dra. Alina, abogada recién graduada que se iniciaba en la profesión bajo la tutela del Profesor Araujo. La voz dulce, pero firme, de la hermosa morena vestida de toga calmó los ánimos que comenzaban a exaltarse.
- Buenos días señores. – Dijo al tiempo que se colocó al frente de todos, y sin dejarlos hablar continuó. – Sé que tienen que cumplir su deber de informar sobre el caso y que sus respectivos órganos los presionan para que sea de inmediato, pero deben entender que por cuestión de ética profesional no podemos todavía hacer públicas algunas informaciones referidas a un proceso que técnicamente no está concluido.
- Es que sabemos...
- ¿Cómo es que saben? – Interrumpió Alina sonriendo. - Ni yo que trabajo con el Dr. Araujo conozco nada definitivo. Vamos a hacer una cosa. Me comprometo personalmente A realizar en breve una entrevista colectiva en la que se ofrecerán amplios detalles. Personalmente les avisaré del lugar y la hora. Ahora les ruego por favor que nos dejen trabajar porque mañana por la tarde será la sesión final del Tribunal y aún tenemos muchas cosas por hacer. ¿De acuerdo?
Sus palabras parecían contener algún tipo de sedativo, pues todos se retiraron tranquilos. Las dos mujeres pudieron entonces concentrarse y localizar el conjunto de documentos que con urgencia el legista había solicitado y estaba esperando en su casa da campo, verdadero bunker adonde se acostumbraba a retirar durante estos casos peliagudos para preparar su trabajo sin interrupciones. Como había previsto, Alina consiguió organizar todo con suficiente tiempo, pues pensaba pasar antes por casa de su madre, que vivía a mitad de camino entre la oficina y la finca.
La joven abogada sentía una grande admiración y respeto por el Dr. Araujo, quien también había sido su tutor en la tesis de fin de curso sobre Derecho Penal. Además apreciaba en él otras virtudes como el sentimiento paterno con que la trataba, su participación en las acciones caritativas de la iglesia situada al lado del bufete y la generosidad con que le ofrecía ciertas regalías cuando ella lo ayudaba en un caso importante. Otro comportamiento del jurista cincuentenario que motivaba la estimación de su alumna era que durante las audiencias siempre establecía una relación entre la justicia humana y los divinos mandamientos, haciendo referencias explícitas a la obligación de los jueces a respetar ambos principios.
Alina encendió el auto y automáticamente comenzó a pensar en su madre, por quien sentía un profundo amor y a quien visitaba sistemáticamente tres veces por semana después de haberse casado, y la colmaba de cariño y gentilezas de todo tipo como reconocimiento a la excelente educación que recibió de ella, quien a pesar de haber tenido una vida modesta, hizo los mayores sacrificios por el futuro de sus dos hijos. Porque entre las virtudes de la abogada estaban el profundo amor por la familia, la enorme sensibilidad humana y una generosidad sin límites.
Luchaba por la justicia no sólo en los tribunales, sino también en la vida cotidiana y sistemáticamente se esforzaba por mejorar en alguna medida el comportamiento humano, partiendo siempre del ejemplo personal. También había ganado el respeto de quienes la conocían por su honestidad y firmeza de principios.
La visita demoró lo suficiente como para colocar sobre la mesa las frutas que había comprado, mientras se actualizaba rápidamente de las novedades de los dos días posteriores a su último encuentro, pues con el complicado caso judiciario había tenido poco tiempo para conversar por teléfono. Al despedirse en la puerta su mirada dio de frente con una anciana de unos ochenta años vestida de harapos que se arrastraba por la acera, con las inválidas piernas laceradas por el roce con el asfalto. Como un resorte Alina fue a su encuentro para ofrecerle ayuda, pero la señora se recusó y aceptó a regañadientes un billete de cien dólares que la joven colocó en el bolsillo de su blusa rasgada. Sin dar tiempo a que le lanzara una ráfaga de preguntas le dio las espaldas y continuó su lamentable peregrinación. Alina se quedó profundamente abatida, pero como no tenía tiempo entró en el carro sin poder alejar de su mente aquella lastimosa imagen.
Uno de los guardias vestidos con trajes negros abrió la puerta del garaje tan pronto como vio el carro de la joven aproximarse, después que la chapa había sido reconocida por el sistema de alarma instalado doscientos metros antes de la casa. En la piscina de la lujosa mansión la esperaba ansioso el Dr. Araujo, mientras atendía algunas llamadas telefónicas y daba órdenes a sus ayudantes para que tomaran determinada providencia.
- Pensé que habría acontecido algún inconveniente. – Adelantó él de forma algo ríspida. – No olvides que debemos ganar tiempo de la fiscalía. Ese factor es determinante a estas horas. ¿Lo trajiste todo?
- Si, incluso encontré estos otros datos sobre los testigos de la acusación que me parecen importantes. – Él los examinó rápidamente.
- Efectivamente son de valor y sin dudas los usaré. Pero ahora quiero que estudies estas declaraciones. Me parece que hay algo por detrás de todo eso.
Alina se sentó a su lado, tomó en sus manos los documentos y comenzó a estudiarlos detenidamente. Dos empleadas vinieron a retirar el servicio anterior y colocar nuevos vasos de cristal de Bohemia con jugos naturales, castañas y quesos importados, que servirían de aperitivo antes del almuerzo encargado al mejor restaurante de la región. No obstante trabajaron ininterrumpidamente durante dos horas. El Dr. Araujo estaba más callado que de costumbre. Con casi dos metros de altura y un cuerpo robusto, cabello perfectamente peinado y magnífica apariencia a causa de los buenos tratos, causaba respeto por su severidad y arrogancia, pero no era parco durante las jornadas laborales y acostumbraba a aprovechar cualquier oportunidad para mostrar su superioridad de raciocinio, sobre todos en los casos más conflictivos. Pero ahora se podría decir que estaba hasta un poco cauteloso, pues sólo él sabía que de ganar este pleito obtendría una grandiosa recompensa. Una llamada urgente para presentarse en el tribunal interrumpió la sesión.
- Ahora tengo que irme. Puedes quedarte y almorzar. Los empleados están esperando la orden para servir.
- No gracias, prefiero salir a resolver algunas cosas, puesto que en estos días no he tenido tiempo para nada.
- Como quieras. Y para que estés más tranquila te diré que la batalla está prácticamente ganada. Después te cuento. Al terminar podrás descansar un mes porque pienso hacer una gira turística por los países asiáticos.
Tan pronto como entró en el carro reapareció en su mente la imagen de la anciana, pues a pesar de que estuvo frente a ella unos pocos instantes, consiguió percibir detalles que una persona poco observadora hubiera pasado por alto. Era tal el estado de abandono en que se encontraba que su cabellera era un enjambre mugriento de colores indefinidos; las uñas de los pies y las manos hacían años que no se cortaban; pero los ojos, los ojos con esa mirada profunda, expresaban un inmenso dolor. Resuelta volvió para casa de la madre y sin almorzar salió por el barrio a procurar información sobre la mujer. Finalmente un basurero le dijo que la podría encontrar por las mañanas, bien temprano, en la cafetería que estaba a la entrada de la estación de trenes. La llamada del jefe para encontrarla con urgencia la hizo regresar al centro de la ciudad. Por el camino tomó la decisión de que humana y profesionalmente iría a buscar una solución para el caso de la indigente.
Durante toda la noche y parte de la madrugada trabajaron intensamente entrevistando testigos, estudiando pruebas, documentos y declaraciones, reformulando hipótesis y llegando a conclusiones que los conducían a presentar una defensa impecable. Cabría al jurado hacer sus conjeturas después de escuchar también los argumentos de la acusación, que a juicio del letrado serían consistentes, aunque siempre mantenía ocultas ciertas cartas de triunfo. La joven discípula no dejaba de admirar el talento de su eximio profesor. Por su parte, él alimentaba su orgullo cuando ella se lo hacía saber. Una vez ultimados todos los detalles resolvieron descansar durante la mañana siguiente y encontrarse en el imponente edificio donde se administraba la justicia una hora antes del juicio.
No eran todavía las ocho de la mañana cuando la joven salió de la tienda de implementos ortopédicos con la mejor silla de ruedas que estaba a la venta. Como el tránsito no estaba muy complicado llegó sin mayores dificultades frente a la estación de trenes más próxima a la casa de su madre. Antes de estacionar el carro ya había divisado a la anciana recostada a una pared pidiendo limosna. Su corazón casi dejó de funcionar. Tuvo que tragar las lágrimas antes de abrir la puerta del carro. Más recompuesta sacó del maletero la silla y la llevó rodando hasta el pie de la inválida.
- ¿No se acuerda de mí? – Preguntó en el tono más cariñoso posible. La mujer la contempló de arriba abajo, observó la silla y respondió:
- Claro que me recuerdo. Aunque esté vieja y en este estado tengo la mente clara y la memoria perfecta.
- Entonces va a poder contestarme algunas preguntas, ¿no es así?
- Venga acá, ¿usted ayer me dio dinero para sacar informaciones de mí?
- De manera alguna. Realmente lo que quiero es ayudarla. Mire, si le compré hasta una silla de ruedas.
- No debía haber gastado su dinero. Yo no merezco nada de eso.
- Claro que merece. Y debo decirle que yo soy abogada y las preguntas que quiero hacerle son para auxiliarla a encontrar una solución a sus problemas.
- ¿Abogada? Y claro, rica. No tiene que decirme más nada.
- Creo que la señora está equivocada. Tengo la mejor intención de ofrecer mi ayuda y creo que puedo hacerlo. Primero tendrá que contarme ¿por qué vive en la calle?
- Porque es el lugar de los viejos pobres que no servimos para nada
- Yo no concuerdo con eso, pero dígame ¿usted no tiene familia?
- ¿Qué si tengo familia? No me haga reír. – La mujer esbozó una sonrisa forzada y de repente su rostro se empalideció de forma impresionante.
- Quiero decir si sabe de alguna persona que tenga algún parentesco…Si fue casada tiene derecho a la pensión. ¿Tuvo hijos?
- ¿Hijos? Si es que eso se puede llamar de hijo.
- ¿Sabe el nombre, la dirección, o por lo menos donde trabaja? Podríamos localizarlo y si es preciso abrir un proceso para exigir su ayuda. – La anciana endureció más el semblante y sus manos comenzaron a temblar. Guardó unos instantes de silencio y encendió la mitad de un cigarro que sostenía entre los dedos arrugados. Levantó la vista y miró firmemente a los ojos de a la joven.
- Si quieres saber... – Hizo una breve pausa y continuó con una voz que parecía salir del infierno. – Mi hijo es el famoso abogado Carlos Araujo.

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ResponderExcluirme gustaria escribir tan bien como tu.bravo.