LA ÚLTIMA NOCHE DE SAN JUAN
Don Francisco no paraba un minuto ultimando los últimos detalles. Había empeñado todos sus ahorros y las pocas fuerzas que le quedaban a los sesenta y cinco años preparando aquella enorme sorpresa con la que estaba seguro que vencerían la atroz batalla entre los dos barrios. Faltaba apenas un día y todavía debían instalar la cuerda por donde descendería su obra maestra. Pero lo peor era que los trabajos tenían que hacerse dentro del territorio de los rivales sin que ellos percibieran de qué se trataba. Una docena de hombres aguardaban sus órdenes a la puerta del comercio para comenzar a actuar.
- Lo más importante es que mantengan la más absoluta discreción sobre el proyecto. – Dijo en voz baja mientras se estiraba el bigote.
- Y ahí es donde está el problema, patrón. – Lo interrumpió el más viejo del grupo. - ¿Cómo rayos vamos a hacer para que no nos descubran?
- ¡Yo tengo una idea! – Gritó un joven delgado con gran entusiasmo.
- ¡Habla bajito o vete al carajo! – Lo reprimió el colega a su lado.
- Calma señores. – Intervino Don Francisco. – Vamos a ver ¿cuál es esa idea, mi hijo?
- No sé si saben que mi hermano trabaja como chofer en la compañía de electricidad. Bueno, pues él puede hacer con que se interrumpa el servicio allá abajo. Entonces varios de nosotros vamos en el camión de la empresa a resolver el problema. Eso nos daría la posibilidad de subir en el poste que está frente a la iglesia, amarrar la punta del cable e irlo llevando hasta el costado del pueblo, a dos cuadras de allí. Después lo subiríamos hasta aquí ¿Entendieron?
- ¡Excelente idea! – Murmuró en tono audible Don Francisco. – Lo haremos de madrugada. Además, a una distancia prudencial vamos a provocar una situación que distraiga la atención del personal que con seguridad han designado para preservar su secreto. Queda combinado. A las doce de la noche ustedes deben estar en la planta eléctrica para salir de allí y no despertar sospechas.
Mientras esto ocurría en el barrio que estaba situado en lo alto del morro, allá abajo los habitantes de la comarca del llano entraban y salían del parque frente a la iglesia, donde habían montado una enorme carpa de circo custodiada por todos sus alrededores para que los de encima no descubrieran su proyecto. Al frente de la organización estaba Don Severino, dueño del mayor almacén del pueblo, en cuyo patio discutía con sus hombres los últimos pormenores. Cerca de él, el Caballero de París aprovechaba para apropiarse de los restos del miserable almuerzo que el viejo avaro ofreció a los trabajadores, pues había invertido hasta los últimos centavos en lo que para él era su obra prima.
- Hoy tenemos que realizar la ofensiva final para recopilar la mayor cantidad de trastos posibles. Quiero las llamas sean vistas a cientos de kilómetros.
- Es que la gente ya dio lo que tenía. – Argumentó el segundo al mando.
- ¡No es verdad! Sé muy bien que todas las casas de esta ciudad están llenas de porquerías. Tienen que convencer a sus dueños argumentando que es la única oportunidad durante el año de agradar al sol para que este haga con que sus cosechas prosperen, la ocasión privilegiada de neutralizar los maleficios de las brujas, porque las hadas y deidades de la naturaleza andan sueltos por los campos, ¡qué sé yo!
- En lugar de estar hablando tanto vamos a actuar. – Interrumpió un joven enérgico que se puso en pie.
- Tenéis razón. Vamos, ¡anden, anden! y tú deja ya de hartarte y vete bien lejos donde no sienta tu insoportable peste. – Levantó la mano amenazadora contra el indigente y entró en la tienda.
El Caballero de París era el más antiguo menesteroso que andaba por todos los pueblos de la región, porque según se contaba había nacido muy lejos y después de perder el juicio no tenía paradero fijo. Decían que en su época tuvo una buena posición y vasta cultura, pero después de haber estado injustamente en la prisión salió por las calles con una capa negra, un cartapacio de papeles y unas bolsas prietas en las que guardaba sus pertenencias. Tenía estatura mediana, con el cabello gris muy largo y desaliñado, barba blanca y las uñas enormes y retorcidas. Era amable, saludaba a todo el mundo sin distinción de edad, sexo ni raza y discutía sobre filosofía, religión, política o los eventos cotidianos con quien atravesara su camino.
Por ser el día más largo del año en el hemisferio norte, cuando el eje de la tierra está inclinado 23,5 grados hacia el sol, la naturaleza, el hombre y las estrellas se disponían a continuar la tradición de cinco mil años de antigüedad y realizar la mayor fiesta cargada de enorme poder y magia. Porque era el momento justo para pedir la fecundidad de la tierra y de sus criaturas humanas. Había que bailar y saltar alrededor del fuego para purificarse y protegerse de influencias demoníacas, para simbolizar el poder del sol y ayudarle a renovar la energía que permitiese producir alimentos para esperar el otoño y el invierno. Era necesario, según la mitología griega, purificar la “puerta de los hombres” sobre el Trópico de Cáncer, cuando el sol brillase en el solsticio desde el cenit y el poder de las tinieblas tuviera su reinado más corto. Seis meses después se haría lo mismo con la “puerta de los Dioses” en la intersección paralela al eje de la tierra sobre el hemisferio sur conocida como Trópico de Capricornio. Durante el imperio incaico, en la explanada de Sacsahuamán muy cerca de Cuzco, el Inti-Raymi era la festividad para rendir tributo al astro incandescente. Los habitantes de la zona se engalanan con sus mejores prendas al estilo de sus antepasados quechuas y recreaban el rito inca durante el apogeo del Tahuantinsuyo. Ya los antiguos celtas durante la fiesta del “Bello Fuego” encendían hogueras que eran coronadas por los más arriesgados con largas pértigas y no dudaban en sacrificar algún animal para que sus plegarias fueran mejor atendidas. Pero también en las fiestas griegas dedicadas al Dios Apolo se encendían hogueras de carácter purificador y los romanos, quienes la dedicaban a Minerva, saltaban tres veces sobre las llamas pidiendo sus deseos. Porque esa noche se abren las puertas entre las dimensiones del tiempo y del espacio y se realizan los milagrosos encantamientos.
En los dos conglomerados urbanos la agitación y el entusiasmo se contagiaban. Por cualquier esquina había muchachas calculando la frase exacta para pedir el galán que las desposara; beatas plantando flores de hortensias en un tarro con tierra y agua para hacer un pedido al santo patronero; agricultores comprando velas para tirarlas al fuego a fin de tener una buena siembra; jóvenes reservando lugares bajo las higueras para aprender a tocar guitarra y mujeres de todas las razas, credos y edades, acaparando recipientes para conservar el agua bendita producida por el rocío, durante la noche dedicada al día en que Zacarías, después de viejo, recuperó la voz como consecuencia del nacimiento de su hijo.
Porque como decía minutos antes de la fiesta el Caballero de París al único niño que escuchaba atento su interminable retórica en el banco del patio de la iglesia: “Era un día en el que se abrirían de par en par las invisibles puertas del “otro lado del espejo”; se permitiría el acceso a las temibles cuevas, castillos y palacios encantados; se liberarían de sus prisiones y ataduras las reinas moras, las princesas y las infantas cautivas merced a un embrujo, ensalmo o maldición; mugirían los cuélebres y volarían los “caballucos del diablo”; saldrían a dar un vespertino paseo a la luz de la Luna misteriosos seres femeninos alrededor de sus infranqueables moradas; aflorarían enjambres de raros espíritus de duendes amparados en la oscuridad de la noche y entre los matorrales; las gallinas y los polluelos de oro, haciendo ostentación de su áureo plumaje, tentarían a algún que otro incauto codicioso a que les echara el guante; las plantas venenosas perderían su mortífera propiedad y, en cambio, las medicinales centuplicarían sus virtudes; los tesoros se removerían en las entrañas de la Tierra y las losas que los ocultan dejarían al descubierto parte del mismo para que algún pobre mortal deje de ser, al menos, pobre; el rocío curaría ciento y una enfermedades y además haría más hermoso y joven a quien se embadurnase todo el cuerpo con su humedad; los helechos florecerían al dar las doce campanadas...”
Finalmente, en medio de la mayor concentración que había tenido lugar en aquel pueblo debajo de la montaña, varias decenas de hombres desmontaron la lona del circo todavía a oscuras y comenzaron a aparecer las enormes siluetas de las figuras representativas de sus tradiciones de antaño, ante las cuales el pueblo festejaría la noche de San Juan. Eran seis imágenes de colores brillantes y cuatro metros de altura, distribuidas en el borde de un inmenso círculo en cuyo centro había una pequeña hoguera con suficiente leña para que todos los ciudadanos pudieran saltar sobre ella. Entre las seis estatuas, dos metros más alto, sobre un caballo gigante parado en las patas traseras, el Santo sostenía un cartel en el que se leía: “Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego”. Las notas del hermoso himno de amor y agradecimiento conocido como “Benedictus” sirvieron de señal para encender la enorme hoguera.
Pero en el mismo instante en que el pueblo emocionado lloraba de alegría apareció en el cielo una inmensa bola de fuego. No hubo alguien que no le prestara atención a lo que estaba interrumpiendo el tan esperado momento. La masa de candela de la que salían cohetes luminosos en todas direcciones, aumentaba sus proporciones en la medida que se aproximaba a la iglesia, hasta que se pudieron distinguir debajo de ella las alas abiertas de una enorme paloma blanca que parecía volar en dirección a todos suspendida a un fino cable de acero. Sostenía en sus patas un cartel lumínico en que podía leerse: “Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es”.
Don Severino apretó los puños y pensó que no se daría por vencido. Mandó a llamar a sus hombres y gritó:
- ¡Vayan rápido a buscar todo lo que se pueda quemar! Tenemos que responder aquella blasfemia aunque pongamos fuego en la ciudad entera. ¡Corran todos!
- ¡Estamos contigo! – Respondió el pueblo en una sola voz.
Nunca se vio tanto corre que te corre en aquel pueblo. Todos salieron desesperados a buscar cualquier bazofia que pudiera servir de combustible. Las mujeres aprovecharon para deshacerse de los muebles que ya no querían y así forzaban a los maridos a comprar nuevos; los jóvenes hacían lo mismo con sus ropas y zapatos fuera de moda; los hombres con sus carros aprovechando el motivo para reponerlos; los viejos con los discos de música moderna; los traicionados con el sofá sobre el que se cometió el adulterio y hasta los perros con sus correas, en fin, era una locura. En ese instante Don Severino se acordó que el Caballero de París había dejado varios sacos enormes escondidos detrás de un árbol en el patio de su tienda y fue a buscarlos a la carrera. Pero el indigente que estaba al tanto de todo se percató de la jugada que el viejo avaro le estaba haciendo y salió detrás de él. Bajo el árbol pelearon como dos fieras, hasta que el Caballero calló al piso víctima de un aneurisma cardiaco bajo cuyos efectos el pobre infeliz perdió la vida. Entonces Don Severino fue hasta el fuego más alto y arrojó los sacos como deshaciéndose de una impureza más.
Pero cual no fue su sorpresa al ver a todos corriendo en dirección al lugar donde él había lanzado los sacos. Al virarse, percibió como alrededor del fuego se había formado una inmensa nube de billetes y monedas de diversos valores, cayendo en las manos de los habitantes que gritaban eufóricos agradeciendo la dádiva del cielo.
Alexei Dumpierre
