domingo, 13 de setembro de 2009

NOCHE DE SAN JUAN (Del libro Churros con chocolate

LA ÚLTIMA NOCHE DE SAN JUAN

Don Francisco no paraba un minuto ultimando los últimos detalles. Había empeñado todos sus ahorros y las pocas fuerzas que le quedaban a los sesenta y cinco años preparando aquella enorme sorpresa con la que estaba seguro que vencerían la atroz batalla entre los dos barrios. Faltaba apenas un día y todavía debían instalar la cuerda por donde descendería su obra maestra. Pero lo peor era que los trabajos tenían que hacerse dentro del territorio de los rivales sin que ellos percibieran de qué se trataba. Una docena de hombres aguardaban sus órdenes a la puerta del comercio para comenzar a actuar.

- Lo más importante es que mantengan la más absoluta discreción sobre el proyecto. – Dijo en voz baja mientras se estiraba el bigote.

- Y ahí es donde está el problema, patrón. – Lo interrumpió el más viejo del grupo. - ¿Cómo rayos vamos a hacer para que no nos descubran?

- ¡Yo tengo una idea! – Gritó un joven delgado con gran entusiasmo.

- ¡Habla bajito o vete al carajo! – Lo reprimió el colega a su lado.

- Calma señores. – Intervino Don Francisco. – Vamos a ver ¿cuál es esa idea, mi hijo?

- No sé si saben que mi hermano trabaja como chofer en la compañía de electricidad. Bueno, pues él puede hacer con que se interrumpa el servicio allá abajo. Entonces varios de nosotros vamos en el camión de la empresa a resolver el problema. Eso nos daría la posibilidad de subir en el poste que está frente a la iglesia, amarrar la punta del cable e irlo llevando hasta el costado del pueblo, a dos cuadras de allí. Después lo subiríamos hasta aquí ¿Entendieron?

- ¡Excelente idea! – Murmuró en tono audible Don Francisco. – Lo haremos de madrugada. Además, a una distancia prudencial vamos a provocar una situación que distraiga la atención del personal que con seguridad han designado para preservar su secreto. Queda combinado. A las doce de la noche ustedes deben estar en la planta eléctrica para salir de allí y no despertar sospechas.

Mientras esto ocurría en el barrio que estaba situado en lo alto del morro, allá abajo los habitantes de la comarca del llano entraban y salían del parque frente a la iglesia, donde habían montado una enorme carpa de circo custodiada por todos sus alrededores para que los de encima no descubrieran su proyecto. Al frente de la organización estaba Don Severino, dueño del mayor almacén del pueblo, en cuyo patio discutía con sus hombres los últimos pormenores. Cerca de él, el Caballero de París aprovechaba para apropiarse de los restos del miserable almuerzo que el viejo avaro ofreció a los trabajadores, pues había invertido hasta los últimos centavos en lo que para él era su obra prima.

- Hoy tenemos que realizar la ofensiva final para recopilar la mayor cantidad de trastos posibles. Quiero las llamas sean vistas a cientos de kilómetros.

- Es que la gente ya dio lo que tenía. – Argumentó el segundo al mando.

- ¡No es verdad! Sé muy bien que todas las casas de esta ciudad están llenas de porquerías. Tienen que convencer a sus dueños argumentando que es la única oportunidad durante el año de agradar al sol para que este haga con que sus cosechas prosperen, la ocasión privilegiada de neutralizar los maleficios de las brujas, porque las hadas y deidades de la naturaleza andan sueltos por los campos, ¡qué sé yo!

- En lugar de estar hablando tanto vamos a actuar. – Interrumpió un joven enérgico que se puso en pie.

- Tenéis razón. Vamos, ¡anden, anden! y tú deja ya de hartarte y vete bien lejos donde no sienta tu insoportable peste. – Levantó la mano amenazadora contra el indigente y entró en la tienda.

El Caballero de París era el más antiguo menesteroso que andaba por todos los pueblos de la región, porque según se contaba había nacido muy lejos y después de perder el juicio no tenía paradero fijo. Decían que en su época tuvo una buena posición y vasta cultura, pero después de haber estado injustamente en la prisión salió por las calles con una capa negra, un cartapacio de papeles y unas bolsas prietas en las que guardaba sus pertenencias. Tenía estatura mediana, con el cabello gris muy largo y desaliñado, barba blanca y las uñas enormes y retorcidas. Era amable, saludaba a todo el mundo sin distinción de edad, sexo ni raza y discutía sobre filosofía, religión, política o los eventos cotidianos con quien atravesara su camino.

Por ser el día más largo del año en el hemisferio norte, cuando el eje de la tierra está inclinado 23,5 grados hacia el sol, la naturaleza, el hombre y las estrellas se disponían a continuar la tradición de cinco mil años de antigüedad y realizar la mayor fiesta cargada de enorme poder y magia. Porque era el momento justo para pedir la fecundidad de la tierra y de sus criaturas humanas. Había que bailar y saltar alrededor del fuego para purificarse y protegerse de influencias demoníacas, para simbolizar el poder del sol y ayudarle a renovar la energía que permitiese producir alimentos para esperar el otoño y el invierno. Era necesario, según la mitología griega, purificar la “puerta de los hombres” sobre el Trópico de Cáncer, cuando el sol brillase en el solsticio desde el cenit y el poder de las tinieblas tuviera su reinado más corto. Seis meses después se haría lo mismo con la “puerta de los Dioses” en la intersección paralela al eje de la tierra sobre el hemisferio sur conocida como Trópico de Capricornio. Durante el imperio incaico, en la explanada de Sacsahuamán muy cerca de Cuzco, el Inti-Raymi era la festividad para rendir tributo al astro incandescente. Los habitantes de la zona se engalanan con sus mejores prendas al estilo de sus antepasados quechuas y recreaban el rito inca durante el apogeo del Tahuantinsuyo. Ya los antiguos celtas durante la fiesta del “Bello Fuego” encendían hogueras que eran coronadas por los más arriesgados con largas pértigas y no dudaban en sacrificar algún animal para que sus plegarias fueran mejor atendidas. Pero también en las fiestas griegas dedicadas al Dios Apolo se encendían hogueras de carácter purificador y los romanos, quienes la dedicaban a Minerva, saltaban tres veces sobre las llamas pidiendo sus deseos. Porque esa noche se abren las puertas entre las dimensiones del tiempo y del espacio y se realizan los milagrosos encantamientos.

En los dos conglomerados urbanos la agitación y el entusiasmo se contagiaban. Por cualquier esquina había muchachas calculando la frase exacta para pedir el galán que las desposara; beatas plantando flores de hortensias en un tarro con tierra y agua para hacer un pedido al santo patronero; agricultores comprando velas para tirarlas al fuego a fin de tener una buena siembra; jóvenes reservando lugares bajo las higueras para aprender a tocar guitarra y mujeres de todas las razas, credos y edades, acaparando recipientes para conservar el agua bendita producida por el rocío, durante la noche dedicada al día en que Zacarías, después de viejo, recuperó la voz como consecuencia del nacimiento de su hijo.

Porque como decía minutos antes de la fiesta el Caballero de París al único niño que escuchaba atento su interminable retórica en el banco del patio de la iglesia: “Era un día en el que se abrirían de par en par las invisibles puertas del “otro lado del espejo”; se permitiría el acceso a las temibles cuevas, castillos y palacios encantados; se liberarían de sus prisiones y ataduras las reinas moras, las princesas y las infantas cautivas merced a un embrujo, ensalmo o maldición; mugirían los cuélebres y volarían los “caballucos del diablo”; saldrían a dar un vespertino paseo a la luz de la Luna misteriosos seres femeninos alrededor de sus infranqueables moradas; aflorarían enjambres de raros espíritus de duendes amparados en la oscuridad de la noche y entre los matorrales; las gallinas y los polluelos de oro, haciendo ostentación de su áureo plumaje, tentarían a algún que otro incauto codicioso a que les echara el guante; las plantas venenosas perderían su mortífera propiedad y, en cambio, las medicinales centuplicarían sus virtudes; los tesoros se removerían en las entrañas de la Tierra y las losas que los ocultan dejarían al descubierto parte del mismo para que algún pobre mortal deje de ser, al menos, pobre; el rocío curaría ciento y una enfermedades y además haría más hermoso y joven a quien se embadurnase todo el cuerpo con su humedad; los helechos florecerían al dar las doce campanadas...”

Finalmente, en medio de la mayor concentración que había tenido lugar en aquel pueblo debajo de la montaña, varias decenas de hombres desmontaron la lona del circo todavía a oscuras y comenzaron a aparecer las enormes siluetas de las figuras representativas de sus tradiciones de antaño, ante las cuales el pueblo festejaría la noche de San Juan. Eran seis imágenes de colores brillantes y cuatro metros de altura, distribuidas en el borde de un inmenso círculo en cuyo centro había una pequeña hoguera con suficiente leña para que todos los ciudadanos pudieran saltar sobre ella. Entre las seis estatuas, dos metros más alto, sobre un caballo gigante parado en las patas traseras, el Santo sostenía un cartel en el que se leía: “Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego”. Las notas del hermoso himno de amor y agradecimiento conocido como “Benedictus” sirvieron de señal para encender la enorme hoguera.

Pero en el mismo instante en que el pueblo emocionado lloraba de alegría apareció en el cielo una inmensa bola de fuego. No hubo alguien que no le prestara atención a lo que estaba interrumpiendo el tan esperado momento. La masa de candela de la que salían cohetes luminosos en todas direcciones, aumentaba sus proporciones en la medida que se aproximaba a la iglesia, hasta que se pudieron distinguir debajo de ella las alas abiertas de una enorme paloma blanca que parecía volar en dirección a todos suspendida a un fino cable de acero. Sostenía en sus patas un cartel lumínico en que podía leerse: “Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es”.

Don Severino apretó los puños y pensó que no se daría por vencido. Mandó a llamar a sus hombres y gritó:

- ¡Vayan rápido a buscar todo lo que se pueda quemar! Tenemos que responder aquella blasfemia aunque pongamos fuego en la ciudad entera. ¡Corran todos!

- ¡Estamos contigo! – Respondió el pueblo en una sola voz.

Nunca se vio tanto corre que te corre en aquel pueblo. Todos salieron desesperados a buscar cualquier bazofia que pudiera servir de combustible. Las mujeres aprovecharon para deshacerse de los muebles que ya no querían y así forzaban a los maridos a comprar nuevos; los jóvenes hacían lo mismo con sus ropas y zapatos fuera de moda; los hombres con sus carros aprovechando el motivo para reponerlos; los viejos con los discos de música moderna; los traicionados con el sofá sobre el que se cometió el adulterio y hasta los perros con sus correas, en fin, era una locura. En ese instante Don Severino se acordó que el Caballero de París había dejado varios sacos enormes escondidos detrás de un árbol en el patio de su tienda y fue a buscarlos a la carrera. Pero el indigente que estaba al tanto de todo se percató de la jugada que el viejo avaro le estaba haciendo y salió detrás de él. Bajo el árbol pelearon como dos fieras, hasta que el Caballero calló al piso víctima de un aneurisma cardiaco bajo cuyos efectos el pobre infeliz perdió la vida. Entonces Don Severino fue hasta el fuego más alto y arrojó los sacos como deshaciéndose de una impureza más.

Pero cual no fue su sorpresa al ver a todos corriendo en dirección al lugar donde él había lanzado los sacos. Al virarse, percibió como alrededor del fuego se había formado una inmensa nube de billetes y monedas de diversos valores, cayendo en las manos de los habitantes que gritaban eufóricos agradeciendo la dádiva del cielo.

Alexei Dumpierre

Decpeción (cuento del libro Churros con Chocolate

DECEPCIÓN

La tensión llegaba a su punto clímax. Desde muy temprano el bufete del Dr. Carlos Araujo estaba abarrotado de periodistas de diversas agencias nacionales y extranjeras atrás de una entrevista con el notable letrado que estaba defendiendo uno de los más controvertidos procesos de la historia del derecho penal. El hecho había trascendido el marco nacional y en las primeras páginas de los diarios de diversos países aparecían titulares alusivos. La secretaria, una solterona inconforme de malas pulgas, no encontraba argumentos para deshacerse de los reporteros que insistentemente la acosaban con preguntas. Ella había recibido órdenes de su jefe para no ofrecer ninguna información antes de la rueda de prensa que había previsto como parte de un proyecto más amplio de publicidad. Estaba consciente que además de sus conocimientos leguleyos, la propaganda era un factor decisivo para el triunfo dentro de su profesión. Uniendo este factor a sus méritos profesionales había consolidado una sólida posición en el mundo del derecho que le reportaba sustanciosos lucros. Ella ya estaba a punto del exabrupto cuando apareció en el lujoso local la joven y elegante Dra. Alina, abogada recién graduada que se iniciaba en la profesión bajo la tutela del Profesor Araujo. La voz dulce, pero firme, de la hermosa morena vestida de toga calmó los ánimos que comenzaban a exaltarse.

- Buenos días señores. – Dijo al tiempo que se colocó al frente de todos, y sin dejarlos hablar continuó. – Sé que tienen que cumplir su deber de informar sobre el caso y que sus respectivos órganos los presionan para que sea de inmediato, pero deben entender que por cuestión de ética profesional no podemos todavía hacer públicas algunas informaciones referidas a un proceso que técnicamente no está concluido.

- Es que sabemos...

- ¿Cómo es que saben? – Interrumpió Alina sonriendo. - Ni yo que trabajo con el Dr. Araujo conozco nada definitivo. Vamos a hacer una cosa. Me comprometo personalmente A realizar en breve una entrevista colectiva en la que se ofrecerán amplios detalles. Personalmente les avisaré del lugar y la hora. Ahora les ruego por favor que nos dejen trabajar porque mañana por la tarde será la sesión final del Tribunal y aún tenemos muchas cosas por hacer. ¿De acuerdo?

Sus palabras parecían contener algún tipo de sedativo, pues todos se retiraron tranquilos. Las dos mujeres pudieron entonces concentrarse y localizar el conjunto de documentos que con urgencia el legista había solicitado y estaba esperando en su casa da campo, verdadero bunker adonde se acostumbraba a retirar durante estos casos peliagudos para preparar su trabajo sin interrupciones. Como había previsto, Alina consiguió organizar todo con suficiente tiempo, pues pensaba pasar antes por casa de su madre, que vivía a mitad de camino entre la oficina y la finca.

La joven abogada sentía una grande admiración y respeto por el Dr. Araujo, quien también había sido su tutor en la tesis de fin de curso sobre Derecho Penal. Además apreciaba en él otras virtudes como el sentimiento paterno con que la trataba, su participación en las acciones caritativas de la iglesia situada al lado del bufete y la generosidad con que le ofrecía ciertas regalías cuando ella lo ayudaba en un caso importante. Otro comportamiento del jurista cincuentenario que motivaba la estimación de su alumna era que durante las audiencias siempre establecía una relación entre la justicia humana y los divinos mandamientos, haciendo referencias explícitas a la obligación de los jueces a respetar ambos principios.

Alina encendió el auto y automáticamente comenzó a pensar en su madre, por quien sentía un profundo amor y a quien visitaba sistemáticamente tres veces por semana después de haberse casado, y la colmaba de cariño y gentilezas de todo tipo como reconocimiento a la excelente educación que recibió de ella, quien a pesar de haber tenido una vida modesta, hizo los mayores sacrificios por el futuro de sus dos hijos. Porque entre las virtudes de la abogada estaban el profundo amor por la familia, la enorme sensibilidad humana y una generosidad sin límites.

Luchaba por la justicia no sólo en los tribunales, sino también en la vida cotidiana y sistemáticamente se esforzaba por mejorar en alguna medida el comportamiento humano, partiendo siempre del ejemplo personal. También había ganado el respeto de quienes la conocían por su honestidad y firmeza de principios.

La visita demoró lo suficiente como para colocar sobre la mesa las frutas que había comprado, mientras se actualizaba rápidamente de las novedades de los dos días posteriores a su último encuentro, pues con el complicado caso judiciario había tenido poco tiempo para conversar por teléfono. Al despedirse en la puerta su mirada dio de frente con una anciana de unos ochenta años vestida de harapos que se arrastraba por la acera, con las inválidas piernas laceradas por el roce con el asfalto. Como un resorte Alina fue a su encuentro para ofrecerle ayuda, pero la señora se recusó y aceptó a regañadientes un billete de cien dólares que la joven colocó en el bolsillo de su blusa rasgada. Sin dar tiempo a que le lanzara una ráfaga de preguntas le dio las espaldas y continuó su lamentable peregrinación. Alina se quedó profundamente abatida, pero como no tenía tiempo entró en el carro sin poder alejar de su mente aquella lastimosa imagen.

Uno de los guardias vestidos con trajes negros abrió la puerta del garaje tan pronto como vio el carro de la joven aproximarse, después que la chapa había sido reconocida por el sistema de alarma instalado doscientos metros antes de la casa. En la piscina de la lujosa mansión la esperaba ansioso el Dr. Araujo, mientras atendía algunas llamadas telefónicas y daba órdenes a sus ayudantes para que tomaran determinada providencia.

- Pensé que habría acontecido algún inconveniente. – Adelantó él de forma algo ríspida. – No olvides que debemos ganar tiempo de la fiscalía. Ese factor es determinante a estas horas. ¿Lo trajiste todo?

- Si, incluso encontré estos otros datos sobre los testigos de la acusación que me parecen importantes. – Él los examinó rápidamente.

- Efectivamente son de valor y sin dudas los usaré. Pero ahora quiero que estudies estas declaraciones. Me parece que hay algo por detrás de todo eso.

Alina se sentó a su lado, tomó en sus manos los documentos y comenzó a estudiarlos detenidamente. Dos empleadas vinieron a retirar el servicio anterior y colocar nuevos vasos de cristal de Bohemia con jugos naturales, castañas y quesos importados, que servirían de aperitivo antes del almuerzo encargado al mejor restaurante de la región. No obstante trabajaron ininterrumpidamente durante dos horas. El Dr. Araujo estaba más callado que de costumbre. Con casi dos metros de altura y un cuerpo robusto, cabello perfectamente peinado y magnífica apariencia a causa de los buenos tratos, causaba respeto por su severidad y arrogancia, pero no era parco durante las jornadas laborales y acostumbraba a aprovechar cualquier oportunidad para mostrar su superioridad de raciocinio, sobre todos en los casos más conflictivos. Pero ahora se podría decir que estaba hasta un poco cauteloso, pues sólo él sabía que de ganar este pleito obtendría una grandiosa recompensa. Una llamada urgente para presentarse en el tribunal interrumpió la sesión.

- Ahora tengo que irme. Puedes quedarte y almorzar. Los empleados están esperando la orden para servir.

- No gracias, prefiero salir a resolver algunas cosas, puesto que en estos días no he tenido tiempo para nada.

- Como quieras. Y para que estés más tranquila te diré que la batalla está prácticamente ganada. Después te cuento. Al terminar podrás descansar un mes porque pienso hacer una gira turística por los países asiáticos.

Tan pronto como entró en el carro reapareció en su mente la imagen de la anciana, pues a pesar de que estuvo frente a ella unos pocos instantes, consiguió percibir detalles que una persona poco observadora hubiera pasado por alto. Era tal el estado de abandono en que se encontraba que su cabellera era un enjambre mugriento de colores indefinidos; las uñas de los pies y las manos hacían años que no se cortaban; pero los ojos, los ojos con esa mirada profunda, expresaban un inmenso dolor. Resuelta volvió para casa de la madre y sin almorzar salió por el barrio a procurar información sobre la mujer. Finalmente un basurero le dijo que la podría encontrar por las mañanas, bien temprano, en la cafetería que estaba a la entrada de la estación de trenes. La llamada del jefe para encontrarla con urgencia la hizo regresar al centro de la ciudad. Por el camino tomó la decisión de que humana y profesionalmente iría a buscar una solución para el caso de la indigente.

Durante toda la noche y parte de la madrugada trabajaron intensamente entrevistando testigos, estudiando pruebas, documentos y declaraciones, reformulando hipótesis y llegando a conclusiones que los conducían a presentar una defensa impecable. Cabría al jurado hacer sus conjeturas después de escuchar también los argumentos de la acusación, que a juicio del letrado serían consistentes, aunque siempre mantenía ocultas ciertas cartas de triunfo. La joven discípula no dejaba de admirar el talento de su eximio profesor. Por su parte, él alimentaba su orgullo cuando ella se lo hacía saber. Una vez ultimados todos los detalles resolvieron descansar durante la mañana siguiente y encontrarse en el imponente edificio donde se administraba la justicia una hora antes del juicio.

No eran todavía las ocho de la mañana cuando la joven salió de la tienda de implementos ortopédicos con la mejor silla de ruedas que estaba a la venta. Como el tránsito no estaba muy complicado llegó sin mayores dificultades frente a la estación de trenes más próxima a la casa de su madre. Antes de estacionar el carro ya había divisado a la anciana recostada a una pared pidiendo limosna. Su corazón casi dejó de funcionar. Tuvo que tragar las lágrimas antes de abrir la puerta del carro. Más recompuesta sacó del maletero la silla y la llevó rodando hasta el pie de la inválida.

- ¿No se acuerda de mí? – Preguntó en el tono más cariñoso posible. La mujer la contempló de arriba abajo, observó la silla y respondió:

- Claro que me recuerdo. Aunque esté vieja y en este estado tengo la mente clara y la memoria perfecta.

- Entonces va a poder contestarme algunas preguntas, ¿no es así?

- Venga acá, ¿usted ayer me dio dinero para sacar informaciones de mí?

- De manera alguna. Realmente lo que quiero es ayudarla. Mire, si le compré hasta una silla de ruedas.

- No debía haber gastado su dinero. Yo no merezco nada de eso.

- Claro que merece. Y debo decirle que yo soy abogada y las preguntas que quiero hacerle son para auxiliarla a encontrar una solución a sus problemas.

- ¿Abogada? Y claro, rica. No tiene que decirme más nada.

- Creo que la señora está equivocada. Tengo la mejor intención de ofrecer mi ayuda y creo que puedo hacerlo. Primero tendrá que contarme ¿por qué vive en la calle?

- Porque es el lugar de los viejos pobres que no servimos para nada

- Yo no concuerdo con eso, pero dígame ¿usted no tiene familia?

- ¿Qué si tengo familia? No me haga reír. – La mujer esbozó una sonrisa forzada y de repente su rostro se empalideció de forma impresionante.

- Quiero decir si sabe de alguna persona que tenga algún parentesco…Si fue casada tiene derecho a la pensión. ¿Tuvo hijos?

- ¿Hijos? Si es que eso se puede llamar de hijo.

- ¿Sabe el nombre, la dirección, o por lo menos donde trabaja? Podríamos localizarlo y si es preciso abrir un proceso para exigir su ayuda. – La anciana endureció más el semblante y sus manos comenzaron a temblar. Guardó unos instantes de silencio y encendió la mitad de un cigarro que sostenía entre los dedos arrugados. Levantó la vista y miró firmemente a los ojos de a la joven.

- Si quieres saber... – Hizo una breve pausa y continuó con una voz que parecía salir del infierno. – Mi hijo es el famoso abogado Carlos Araujo.

Alexei Dumpierre